Halmir me había ascendido a Gran Magister y creo recordar que en Nueva Sangre estábamos únicamente nosotros dos, a excepción de los miembros que una vez pertenecieron a la Legión de Sangre. Entre ellos se encontraba un joven Sin’Dorei bastante apuesto, Kili. Estaba segura de que él podría darme el hijo que tan fervientemente deseaba y que Bleisdon se había negado a darme. No me costaría nada. No obstante, debería centrarme en otras cosas. Debía convencer a mi madre de que formara parte de Nueva Sangre otra vez, pues así eran los deseos de Halmir.
Le había dejado una nota en casa de mi padre, citándola en el Claro de la Luna, por lo que me dirigí allí. Me puse el tabardo de la hermandad a la cual representaba ahora e invoqué a Il’anore, mi corcel vil, para ponerme en marcha.
Debo admitir que era hermoso, aunque para nada comparable con las llanuras y los ríos de mi querido Nagrand. Tuve que esperarla casi hasta el medio día. Antes de que se detuviera, avancé lentamente hasta el Túmulo de Tempestira, donde se casó con Algonher, mi padre. Aquel lugar le traería buenos recuerdos, sin duda. Desde luego eso tendría alguna clase de efecto sobre ella y, si no, tenía que probarlo.
Me observó de arriba a abajo, fijándose en mi tabardo.
- ¿Nueva Sangre?
Aún se acordaba, sí.
- Así es. No sé si te has encontrado con Halmir ya y te ha puesto al corriente- le contesté.
Se quedó muda durante unos instantes, lo cual me dio a entender que no sabía siquiera que Halmir había regresado. Ella una vez le había amado con locura y habían hecho el amor de una forma puramente animal, según me relataba Malinor de los recuerdos que el elfo había depositado en él cuando mi tío Haldrid le hubo asesinado.
Cansada de esperar a que reaccionara, comencé a dar vueltas a su alrededor. Caminé lentamente, con paso seguro y decidido. Los elfos de la taberna, ante tal caminar, se quedaban embobados con suma facilidad y accedían a invitarte a las copas que pidieras a cambio de, como mínimo, tocar un poco, creyéndome una jovencísima elfa virginal.
- Soy la nueva Gran Magister de Nueva Sangre y estoy en proceso de reclutamiento- me aventuré a decir.
- ¿Gran Magister, tú? Lyreth, cariño… El día que me llegues a la suela de los zapatos será cuando se te pueda nombrar, como mínimo, Magister.
¿Cómo se atrevía? Había aprendido rápidamente a dominar a Syrah, mi súcubo, y no es que fueran fáciles de convencer si eres una elfa que no está dispuesta a caer en sus trampas.
- ¿Qué te hace pensar que no soy mejor que tú?- le pregunté.
- Primero, eres una cría. Segundo, eres una inmadura a la que sólo le gusta llamar la atención y… por último… ¿Qué sabes tú de lo que hace un Gran Magister?
¡¿Una cría, una inmadura a la que sólo le gusta llamar la atención?! Podía demostrarle en cualquier momento que no era nada de eso que ella decía tan alegremente. Estaba segura de que Rodrith y Theron me veían del mismo modo y no estaba dispuesta a aceptar que me creyeran más como una cría ni que me trataran como tal.
- Contrólate, cielo, no vayas a quemar los guantes otra vez.
Moví los dedos de las manos, intentando bajar la temperatura de éstas. Mi mayor problema eran las temperaturas que podía adquirir mi cuerpo y que no controlaba, al igual que tampoco sabía por qué me sucedía esto. Había llegado incluso a quedar desnuda en mitad de la ciudad cuando un elfo me tocó la moral. Mi ropa ardió y se convirtió en cenizas rápidamente, sin yo siquiera poder hacer nada por controlarlo.
- Únete- dije finalmente, acercándome tanto a ella que casi podía incluso rozar sus labios con los míos.
- Con una condición.
- Dila.
- Que me cedas tu puesto.
Bien, lo había conseguido. Llevarla hasta allí había dado sus frutos y el que Halmir aún no se hubiera puesto en contacto con ella, había sido idóneo. No obstante, decidí seguir interpretando mi papel.
- ¿General Forestal de Nueva Sangre otra vez, mamá?
- Al menos soy competente y sé qué tengo que hacer y cómo dirigir a mis hombres sin camelarlos antes.
Bueno, no necesitaba oír más sandeces, por lo que invoqué a mi corcel vil.
- Vamos, Il’anore.
Golpeé suavemente con los talones los costados del corcel y, para que galopara, volví a golpearle, esta vez un poco más fuerte. Je, había sido más fácil de lo previsto.